Las Armas de la Cuaresma
Al comenzar la celebración del tiempo cuaresmal iniciamos un camino de aunténtica conversión para afrontar victoriosamente, con las armas de la penitencia, el combate contra el espíritu del mal, tal y como reza la liturgía de la Iglesia. Pero cuáles son las armas y cómo pueden ayudarnos a vivir más conformes a Cristo en nuestra vida personal, en nuestros trabajos, en los estudios, en la vida de Hermandad. La Iglesia, como buena Madre, nos instruye sabiamente y pone a nuestra disposición diversos medios para configurarnos más plenamente en Cristo Pastor. La riqueza especial de los símbolos y de los textos de la Sagrada Escritura de este tiempo nos sirve para llevar a la práctica de la vida cotidiana las actitudes propias y necesarias de la vida cristiana.
Reza el prefacio IV de Cuaresma: "Con el ayuno elevas nuestro espíritu (..)". ¿Por qué ayunar? ¿Que beneficio obtenemos de ello? El hecho de abstenerse de comida y bebida nos ayuda a desprendernos de los placeres del mundo. El ayuno nos impulsa a aspirar a bienes superiores. El mismo Señor Padre Benedicto XVI, "el ayuno al que la Iglesia nos invita en este tiempo fuerte no brota de motivaciones de orden físico o estético, sino de la contaminación del pecado y del mal; para formarse en las saludables renuncias que libran al creyente de la esclavitud de su propio yo; y para esta más atento y disponible a la escucha de Dios y al servicio de los hermanos. Por esta razón, la tradición cristiana considera el ayuno y las demás prácticas cuaresmales como "armas" espirituales para lucha contra el mal, contra las malas pasiones y los vicios". En el Evangelio encontramos el modo en que el Señor quiere que ayudemos, no buscando con esta práctica la alabanza de los hombres sino el auxilio que viene de lo alto.
La cuaresma invita al hombre a una conversión profunda de su vida. Y toda conversión de nuestro corazón no es un proceso que podamos afrontar solos. Es recicalmente necesario siempre, y más especialmente en este tiempo, acrecentar nuestro espíritu de oración. Con la oración, el creyente entabla un diálogo íntimo con el Señor, dejando que actúe en él la gracia divina. Debemos intensificar estos momentos en el transcurrir de nuestra vida cotidiana y de Hermandad. Ponernos a la escucha de la Palabra, sentir la presencia de Aquél que es el manantial de agua viva, dejarnos instruir dócilmente por su corazón. De la Santísima Virgen María nos diecen las Escrituras que meditaba la acontecimientos y los guardaba en su corazón.
El tercer medio que podemos practicar en este tiempo más profundamente es el ejercicio de la caridad. De la Escritura: "Hay mayor felicidad en dar que en recibir" (Hch. 20,35). Es necesario ponernos en contacto con nuestro prójimo, darnos a los demás. Debemos pedir constantemente a Dios que infunda este don en nuestro corazón, no para caer en la propia complacencia, sino para ser auténticos servidores de nuestros hermanos, especialmente de los que pasan más necesidad. Ver en el rostro de los que sufre el rostro del Señor y compartir lo que tenemos, librándonos del resentimiento y de la indiferencia.
Para finalizar, os invito encareciadamente a que participéis masivamente en la celebración de la Santa Misa, culmen de nuestra vida de fe. Como señala el Papa, en la fuente inagotable de amor que es la Eucaristía -en la que Cristo renueva el sacrificio redentor de la cruz- cada cristiano puede perseverar en el intinerario que iniciamos. Que la Santísima Virgen María, Nuestra Señora de la Soledad, os bendiga y conduzca hacia su Hijo y Señor nuestro.
Carlos J. Durán Marín
Pbro. y Director Espiritual de la Hermandad
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